Centre Picasso – Horta de Sant Joan

Original vs. Reproducción

Walter Benjamín publicó en 1936 un artículo titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en el cual reflexionaba sobre el valor de la obra original en un tiempo en el que técnicamente pueden conseguirse reproducciones perfectas. La muestra más evidente es la fotografía y el cine. Benjamín explicaba por qué, a pesar de todo, la obra original aún conserva un hálito que la hace especial. Es lo que el filósofo alemán denominaba el aura, que definía como «la manifestación irrepetible de una lejanía» que la hace inalcanzable. Esta aura proviene del valor cultural que la obra de arte tenía en la antigüedad, frente al valor para ser exhibida que predomina en la actualidad. Antiguamente, la obra de arte sobre todo tenía un valor mágico y religioso y se creaba bajo estas premisas. Incluso algunas de estas obras no podían ser vistas por todo el mundo, y sólo una elite, como los grandes sacerdotes, podía disfrutar de ellas. Pero ya los griegos crearon técnicas de reproducción fundiendo y acuñando bronces, terracotas y monedas. Más adelante, la xilografía permitió la reproducción de dibujos antes, incluso, de que apareciese la imprenta y por lo tanto la reproducción de la literatura. En la edad media, el grabado en cobre y el aguafuerte se añadieron a la xilografía, y en el siglo xix todas estas técnicas de reproducción fueron superadas primero por la litografía y después por la fotografía. La técnica reproductiva acerca la obra de arte a las masas y, por lo tanto, rompe aquella lejanía que nos definía el aura de la obra de arte.

Por otro lado, la existencia de los museos es relativamente moderna (unos tres siglos). De repente, una imagen religiosa que hasta ese momento tenía una «presencia espiritual» (para los asistentes a una determinada iglesia) adquiere el valor de obra de arte. Velázquez, por ejemplo, no pintó Las Meninas con la finalidad de estar expuesta en una sala del Museo del Prado. Los museos nacieron para agrupar obras que estaban hasta ese momento dispersas. De su presencia como conjunto, o de las confrontaciones que tienen lugar entre ellas, nace una nueva interpretación de estas obras. Es una experiencia intelectual para el visitante.

Desde entonces, la obra de arte se crea mayoritariamente con una finalidad de ser exhibida, por lo tanto, la finalidad mágica y religiosa deja paso a la función estrictamente artística. Pero a pesar de todo, ¿podemos preguntarnos cuál es el aura de una obra original de Miró, Picasso o de otros grandes artistas? ¿Existe aquella lejanía, aquella inabarcabilidad de la que nos hablaba Benjamín? Hoy en día, podemos ver reproducida cualquier obra en libros, e incluso en las medidas originales, por lo tanto, podemos tenerlas muy próximas, pero la obra original continúa inalcanzable en muchos aspectos. El carácter exhibidor de las obras creadas y la profesionalidad del artista hace que estas obras tengan un precio muchas veces inalcanzable para la mayoría. La especulación, la moda y otros factores ajenos a la propia calidad de la obra la convierten en un auténtico tesoro.

El comercio de la obra de arte hace que ésta se convierta en mercancía de un mercado específico, que se convierta en «valor de cambio». Pero, ¿cuál sería su valor de uso? Es probable que sólo lo tenga para su autor, y que éste sea el que motiva su creación. Hoy en día, la mayoría de obras que cuentan con una «existencia pública» están expuestas en museos o pertenecen a colecciones privadas que, de vez en cuando, se exponen o se reproducen en catálogos; estas obras se convierten para el visitante o para el lector en «valor cultural» para incorporar en el imaginario cultural, en el «conocimiento» de cada uno, que se adquiere, normalmente, mediante una entrada o la compra del catálogo.

Continuando con Benjamín, las obras de arte también presentan un «aura» que va más allá del «valor de cambio». ¿Qué ha deseado expresar el autor? ¿Qué sentimientos le rodeaban durante su creación? Sólo el artista lo sabe y, a veces ni él puede explicarlo. A pesar de que los críticos y estudiosos intenten analizarlo, es imposible conseguir captar totalmente el sentimiento del artista. Ésta es la auténtica aura de la obra de arte.

De este modo llegamos al nudo de la cuestión: ¿qué valor tienen las reproducciones de las obras de Picasso y de Miró? En el Centro Picasso de Horta y en el Centro Miró de Mont-roig se exponen reproducciones facsímil de las obras que los dos artistas realizaron en sus estancias en los dos pueblos. ¿Qué valor tiene la reproducción ante la obra original?

Existen dos motivos importantes que convierten estas reproducciones no sólo en válidas sino también en imprescindibles.

El primer motivo es el acercamiento de la obra al lugar donde fue creada. Evidentemente estas reproducciones expuestas en París, Nueva York o Tokio no pasarían de ser una anécdota, pero observadas en Horta o Mont-roig adquieren un valor que va más allá de la estética: el intento de captar su aura. Muchas de estas obras son paisajes, y al mirarlas lo que vemos en ellas es la interpretación que realizó el artista de esas vistas. Si no poseemos otro conocimiento, estas reproducciones simplemente son un acercamiento estético a la creación artística. Pero que podamos verlas en el lugar donde se inspiró el pintor, viendo las mismas montañas, respirando el mismo aire, paseando por los mismos parajes donde vivió, las convierten en «los originales de los originales», que nos permiten entender los lazos que el pintor estableció con el pueblo, es decir, nos permiten estar mucho más cerca de comprender qué sentía Picasso cuando pintaba La balsa de Horta o qué sentía Miró al pintar La Masía; y por lo tanto nos permiten acercarnos lo más posible al aura de la obra.

El segundo motivo es poder ver reunidas todas las obras. Aunque estuviésemos frente a La fábrica de Horta en San Petersburgo o frente a La Masía en Nueva York no nos haríamos una idea de lo que representan estas obras porque para entenderlas hay que ver el conjunto de la obra realizada en Horta o Mont-roig y su evolución. Reunir todos los originales en una sola exposición es prácticamente imposible, y todavía menos en el lugar donde fueron creadas. Reunir todas estas obras ha sido posible gracias a unas técnicas reproductivas que nos permiten ver unas reproducciones muy próximas al original, en el Centro Picasso y en el Centro Miró. Claro está que por mucha calidad que tengan los facsímiles, los colores no serán idénticos, ni podremos apreciar el grueso de la pincelada, pero podremos ver juntos los paisajes que los ojos de unos genios captaron, y estaremos muy cerca de la creación artística.

André Malraux proponía la creación de un «museo imaginario» (1954). Por ejemplo, un libro con reproducciones de obras de varios artistas escogidas por su «editor», lo cual generaría una nueva lectura de estas obras. Las propuestas del Centro Picasso y del Centro Miró también tienen algo de «museo imaginario», pero dedicado al propio artista.

Normalmente en un museo el visitante ve obras de varios artistas que en el mejor de los casos configuran las grandes épocas del arte. En el caso de los museos monográficos dedicados a artistas puede hacerse de ellos una lectura de la evolución de su obra; a pesar de todo, siempre existen vacíos odiosos difíciles de rellenar. En todos los casos, si dejamos a un lado aquella «aura» del artista, son obras originales situadas en un ambiente alejado del contexto original y del proceso de creación del pintor (éste capta aquella realidad original).

En el Centro Picasso y en el Centro Miró resulta importante la interacción entre las obras (reproducidas) expuestas. Corresponden a cierta unidad «de acción», es el mismo espacio (contexto) donde se produjo su creación y responden a unos intervalos de tiempo limitados. Un determinado contexto, un lugar con un componente etnográfico (costumbres) y en un momento histórico, generan elementos de creatividad en el artista que se concretan en una serie de obras. Posteriormente, sólo juntándolas en el propio entorno (aunque sean reproducciones) y presentándolas adecuadamente, podremos quizá intuir la razón oculta de aquella «aura» del artista. Cerramos el círculo.

A aquel «valor cultural» que adquiere el visitante de una exposición, en este caso, podemos añadirle todo el valor vivencial. Para conseguirlo hay que aportar información aneja explicativa, anotar más que analizar (eso se deja para el visitante). O, yendo más allá, a los estudiosos o críticos se les aporta una valiosa información contextual, priorizando la información (es un sistema denotativo), y a partir de ella puede realizarse una lectura de los significados de la obra (connotación). Por eso decimos que la nuestra no es una propuesta artística en el sentido estricto de la palabra, es una propuesta cultural, un centro de interpretación de la obra de Miró y de Picasso en relación con Mont-roig y Horta.

Recientemente se ha publicado el libro El museo ideal de Picasso (Lunwerg, 2006) de Juan J. Luna, conservador del Museo del Prado, que realiza un recorrido por las obras fundamentales del artista. Su subtítulo es La colección que nunca existió.

El Centro Picasso de Horta de Sant Joan y el Centro Miró de Mont-roig del Camp le proponen este imprescindible y único acercamiento a la obra de Miró y Picasso.

www.centrepicasso.cat
www.centremiro.com

Elias Gaston
Martí Rom

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