Centre Picasso – Horta

Las dos estancias en Horta del Ebro

Primera estancia de Picasso en Horta de Sant Joan, 1898-1899

«Mis emociones más puras las he experimentado en un gran bosque de España donde, a los dieciséis años, me retiré para pintar» Picasso

Esta frase de Picasso que se encuentra en la correspondencia que mantuvo con Apollinaire, nos indica que el tiempo que pasó en la zona boscosa de Els Ports durante la primera estancia en Horta de Ebro (actualmente Horta de Sant Joan) fue algo especial. Aquellas semanas que el joven pintor malagueño y su gran amigo Manuel Pallarés pasaron en esta zona, dejaron una profunda huella en el adolescente Picasso.

En 1895 la familia Picasso dejó La Coruña para instalarse en Barcelona. El joven Pablo se matriculó en la Academia de Bellas Artes (Llotja) en la que su padre era profesor de dibujo. Allí conoció a Manuel Pallarés natural de Horta de Sant Joan, enseguida se estableció entre ambos una gran complicidad y, a pesar de los cinco años de diferencia entre ambos, iniciaron una amistad que sólo la muerte pudo romper.

En 1897 Picasso fue a Madrid para continuar los estudios en la Real Academia de San Fernando. Antes de acabar el curso académico, regresó a Barcelona enfermo y en un lamentable estado de ánimo. Pallarés al verlo en aquella situación le propuso pasar el verano en su casa de Horta. Los padres de Picasso aceptaron encantados el ofrecimiento, no sólo por la confianza que tenían en Pallarés sino también porque pensaban que la vida sana del campo, lejos de la ciudad, iría bien a su hijo.

A finales de junio de 1898, los dos amigos llegaron a Horta y se instalaron en casa de la familia Pallarés. Para Picasso todo era nuevo y extraño. Él, que sólo había vivido en ciudades se encontraba ahora en un pequeño pueblo lejos de cualquier núcleo urbano importante, con una manera de vivir muy distinta a la de Barcelona, Málaga o A Coruña.

Después de unas semanas recorriendo el pueblo y los alrededores, dibujando y pintando paisajes y escenas de diversos oficios, deciden pasar el mes de agosto en Els Ports, una zona boscosa a 16 km del pueblo. Allí ambos amigos durante el día pintan, dibujan y, sobre todo, viven de forma salvaje, en total comunidad con la naturaleza. Por la noche duermen al abrigo de una cueva. Durante este tiempo Picasso realiza muchos dibujos y algunos óleos siempre bajo las normas academicistas, pero lo importante es lo que pasa en el interior del joven aprendiz de pintor, las nuevas sensaciones, las emociones que no olvidará nunca. Picasso recupera la salud y la alegría junto a su amigo que, en una ocasión, le salva de morir ahogado en el rio. Pero sobre todo ha descubierto una sensación que buscaba desde hacía tiempo: la libertad. Hasta entonces había estado sometido a la obediencia artística de su padre y de la academia. Esta sensación eclosiona durante la estancia en Els Ports, allí no tiene ninguna autoridad, sólo un amigo y la naturaleza. Picasso se siente fuerte físicamente, se siente libre, es feliz.

Sus facultades salen a la luz, ya ha descubierto lo que seguramente sospechaba: que en su interior lleva un capital artístico infinito, que es un genio. Todo esto lo ha descubierto en Horta, lo ha aprendido en Horta, en medio de la naturaleza de Els Ports, junto a su amigo. Él mismo lo resumió en la conocida frase: “Todo lo que sé lo he aprendido en Horta”.

A principios de septiembre regresaron al pueblo, pero no volvió a Barcelona hasta finales de enero del año siguiente. Retarda su regreso porque necesita asimilar estas nuevas sensaciones. Cuando llega a Barcelona ya no es el joven estudiante de dibujo, ahora ya sabe en su interior lo que es y lo que será. Tiene muy claro lo que hará a partir de ahora, es él quien tomará las decisiones y da por finalizada su formación académica. Picasso ha iniciado la gran aventura de ser el genio del arte del siglo xx. Ya nada es igual. Deja de asistir a las clases de la Academia de Bellas Artes, entra a formar parte del grupo de “Els 4 Gats” donde encuentra nuevos amigos y conoce a las nuevas y a las viejas generaciones de artistas. Además, tiene la intención de participar en la Exposición Universal de París de 1900 y viajar a la capital francesa, la meca del arte, tal como había planeado en Horta con su amigo Pallarés.

De su estancia en Horta se llevó numerosos dibujos y óleos. Predominan las escenas idílicas y los óleos presentan una luminosidad y cromatismo nuevos en Picasso. Predomina el verde y el amarillo, también el malva y el violeta. Son obras que reflejan el estado de ánimo del artista, una atmosfera cálida y fresca impregnada de gran ternura.

Josep Palau i Fabre en su obra Picasso vivo, 1871-1906 lo describe perfectamente: “Creemos que Horta representó por mucho tiempo en su vida –quizás para siempre– el Paraíso perdido, aquel paraíso perdido que casi todo el mundo, en una forma u otra, lleva dentro.”

Segunda estancia. Verano de 1909.

El 5 de junio de 1909 Picasso vuelve a Horta. Han pasado diez años de la estancia anterior. Ahora ya no es un adolescente aprendiz de pintor, ahora es un joven pintor con prestigio entre las vanguardias parisinas que se gana la vida vendiendo sus obras. Viene con su compañera Fernande Olivier, que causará sensación entre la gente del pueblo. Su manera de vestir y los ratos en el café del pueblo jugando al dominó, escandalizan las mujeres puritanas. En una de las últimas cartas explica a Alice Toklas: “siempre juego al dominó y escandalizo la población femenina con mis chales de colores, en concreto con el que usted me dio”. 

No viene para buscar nuevos paisajes donde inspirarse, viene a reencontrarse con un paisaje que conoce bien y que quiere elevar a la categoría de obra de arte, es su manera de homenajear el lugar donde recuperó salud y adquirió la fuerza para estar en el lugar donde está ahora, en plena aventura creativa de un nuevo estilo artístico: el cubismo. Pero esta vez lleva un objeto que llamará la atención: una máquina de fotografiar. Fotografía lugares y personas que ha plasmado sobre las telas, como si fuera una certificación que aquellos paisajes cubistas corresponden a lugares bien reales. Una serie de fotografías y las cartas que Fernande escribe a Alice Toklas y Gertrud Stein, explicando las vivencias de los tres meses que pasan a Horta, conforman una excelente crónica de la vida en el pueblo a principios de siglo XX.

Palau i Fabre nos resume las características de las obras cubistas de Horta en estos puntos:

  • Deja las masas planas y trabaja sobre volúmenes que corta como si fueran bloques geométricos.
  • Consigue el efecto de perspectiva y profundidad con el color.
  • Usa colores austeros: ocres, grises y verdes suaves.
  • Crea formas y volúmenes sencillos, eliminando de la naturaleza todo lo accidental y anecdótico.
  • Crea efectos de cristal roca y semi transparencias.
  • Crea estructuras arquitectónicas equilibradas.
  • En los retratos, comienza utilizando la línea curva, que se convierte en recta a la vez que fusiona la figura y el paisaje.

En esta segunda estancia predominan los paisajes: La balsa de Horta, La fábrica, La montaña de Santa Bárbara… y los retratos, principalmente de Fernande. Pero hay una característica muy especial: poco a poco, los repliegues y las aristas de la montaña de Santa Bárbara se apoderan del rostro y del cuerpo de Fernande. La culminación la encontramos en los dos cuadros titulados Mujer desnuda sobre fondo de montañas , donde es imposible averiguar qué es el cuerpo de Fernande o qué son los repliegues de la montaña. Para Palau, esta fusión es la comunión que el artista intenta establecer entre la mujer que ama y la tierra que ama, hasta hacer un todo.

Cézanne realizó una serie, casi obsesiva, de óleos de la montaña de Saite Victoire. Picasso realiza también una serie sobre la montaña de Santa Bárbara, pero humanizándola a través de su amada Fernande. Ambas series son el resultado de la fascinación por un paisaje.

A principio de septiembre abandona Horta, donde nunca más volverá físicamente, pero el recuerdo de su Paraíso particular siempre le acompañará. 

 

“Debemos detenernos un momento más a contemplar la producción de Horta, subrayando el carácter progresivamente platónico, en el sentido de que, aquellas casas y aquellos paisajes no nos describen la realidad del pueblo, sino que nos lo subliman. Las paredes y los tejados son hechas de aire, son para que podamos pasar a través, ingrávidos, como si fuéramos el Paraíso, y corroboramos nuestra aserción de que Horta fue y quedó para Picasso, durante toda su vida, el Paraíso perdido»

 Josep Palau i Fabre”







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